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Las artes de Mila

Hace 47 años, mi madre (que también es artista, además de arquitecta autodidacta, diseñadora y costurera), oró a Dios para pedirle dos hijos, un niño y una niña. Nunca me comentó si pidió algo específico para mi hermano como hizo conmigo. Es cierto que él también es artista y un gran fotógrafo, una figura singular en el medio donde vive, muy parecido a ella en carácter, simpatía y genialidad. Pero, con respecto a mí, mi madre pidió lo siguiente en su oración: Señor, dame una hija, a la que llamaré Mila, porque sé que va a ser artista y un nombre corto será más fácil para que la gente se acuerde de ella y de sus artes. Poco después su médico le dijo que no podría tener hijos. Por extraño que pueda parecer, Dios la sorprendió y respondió a su oración con los dos hijos que había pedido. Y aquí estamos yo, Mila, y mi hermano, al que llamó Regis.

Siempre me resultó fácil firmar los cuadros y las artes que hago. La gente también se acordaba de mí con facilidad porque el nombre es corto y común en Brasil. Por cierto, mi nombre es Mila tal cual, no el diminutivo de Milagros como siempre me preguntan en España. Aunque, en cierto modo, podríamos decir que mi nacimiento fue como un milagro de Dios, por haber nacido a pesar de los problemas en el útero que tenía mi madre.

Me inicié en las artes de pequeña. Me gustaban las muñecas, pero prefería las de papel porque se les podía cortar la ropa y hacer todo tipo de arte con ellas. Mis cuadernos escolares siempre estaban llenos de diseños coloridos más que de letras. Aunque me gustaran también las cosas típicas de niña, lo que me más me fascinaba eran los pinceles, las telas, los libros de pinturas y las clases de arte.

Cuando comenzaba un cuadro me entraba una ansiedad terrible por terminarlo. Mi primera profesora de artes, mi tía Mazda, tenía una calma muy peculiar y, con sabiduría, siempre me dijo: «la prisa es enemiga de la perfección». Ella tenía razón, pero yo no hacía mucho caso. Todavía hoy sufro de este mal: comienzo algo y estoy ansiosa por terminar y empezar otra. Mi marido juega hoy en día el papel de la tía Mazda y me dice lo mismo: la prisa es enemiga de la perfección. Yo intento hacerle caso, pero no siempre lo consigo.

Comencé en la academia de artes a los 9 años, y a los 11 vendí mis primeros cuadros. Mi madre siempre me animó, y yo vivía rodeada de arte por todos los lados, incluyendo las que ella misma hacía.

Me encantan todos los colores sin restricción. Para mí no hay color feo sino el color correcto en el momento correcto. Todo me puede servir de inspiración y, por eso, a veces mis ojos van por la calle y parecen dar un giro de 360 ​​grados, porque así voy observándolo todo para inspirarme.

Como dije, empecé a pintar a los 9 años, pero a los 16 hice mi último cuadro. Creo que me cansé y, como cualquier adolescente, me volví hacia otros intereses. El problema (si es que se le puede llamar problema a la pasión por el arte de pintar) es que la llama del arte puede debilitarse pero nunca muere. Así que, a los 30 años, empecé a pintar de nuevo. Descubrí un nuevo mundo, nuevas técnicas, nuevas formas de mezclar los colores y, otra vez, me encontré rodeada de lienzos, pintura, cuadernos, dibujos,…

Pasé otros 15 años en este mundo, pero confieso que pensé en parar, en dejarlo definitivamente. «El arte percibió eso» y no le gustó. Él no me deja, y aunque trato de dejarlo me devuelve la llamada con voz dulce. Esta vez fue la voz de mi marido que, conociendo mi pasión, me animó a volver, y aquí estoy otra vez. Hoy en día hacer arte, artesanía y reciclaje es más un hobby para mí. Volví a ser una niña con sus cuadernos, pinturas, papeles y telas. Os dejo un pedazo de mí en todos los trabajos que hago. Aprendo, me divierto, me expreso. Amo el arte y trato de glorificar a Dios a través de él.

Doy gracias a Dios por el don que me dio, por todo el tiempo que trabajé y trabajo, por las victorias, los fracasos, los elogios, las críticas, y por todo lo que el arte trajo a mi vida. Agradezco a mi marido por el estímulo para continuar y por su paciencia para andar por casa y, a veces, tropezar con mis objetos no terminados y encontrarse con los papeles de colores y los materiales esparcidos aquí y allí. Le agradezco la hermosa tienda que ha creado para que yo pueda vender algunas de las artesanías y manualidades que hago en mis ratos libres. Finalmente, te doy las gracias a ti, cliente más que especial, que aprecia y compra mis artes y las de mis compañeros artistas de todo el mundo.

Un fuerte abrazo de Mila Siebra.

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